The Weeping Song

Wednesday, September 19, 2007

Erecciones, Eyaculaciones, Exhibiciones



Noche bizarra la de ayer. Cada martes la asociación de estudiantes de intercambio organiza una borrel con todos los erasmus de todas las universidades de Amsterdam. Sitio demasiado pequeño y caluroso para encabir a tantas cabras locas. Con los cubatas a cinco euros, el recurso es doblarse de cerveza. Y con las borracheras de cerveza se habla demasiado. Y hablar demasiado no es bueno. Pero os váis a quedar con las ganas de saber porque hablar demasiado es malo. Igual otro día. Ayer también descubrí que llevar la pulsera del fib te encasilla dentro del grupo "tu sí que molas"; para lo bueno y para lo malo. Al cabo de un rato nos cansamos de tener que pasar rozando el culo con las partes de algún italiano engominado cada vez que íbamos a por cerveza y cabiamos de local. No hay por donde coger el techno chungo de este que escuchan los holandeses. Cuanto más ruído y menos florituras más se motivan. Si sólo se oye la base, mucho mejor. Pum pum pum pum.

Me quedé sin tabaco y le pregunté al portero dónde podía ir a comprar. "Cruza la calle y gira a la izquierda". La oscuridad sería un día de verano soleado en Barcelona al lado de la tenebrosidad de esa calle. Entré en el primer garito de ventanas oscuras sólo girar la calle. Después de un pasillo con varias capas de cortinas exóticas, choqué con la barriga de un segurata. Hizo una mueca de aprobación sin ni siquiera mirarme y se apartó lo justo para que mi diminuto cuerpo pudiera entrar. La música de James Brown no era la adiente para acompañar a ese antro forrado de terciopelo rojo con un escenario al final. Una mujer gorda de unos cincuenta años intentaba estimular las pasiones más carnales de los asistentes. La máquina de tabaco no funcionaba y la camarera, una mujer mayor con cara de buena persona que me había seguido con la mirada desde que había entrado, se acercó, me puso un cigarro en la mano y me dijo que probara en el siguente local.

Y eso hice. Dos puertas más abajo por la misma calle había un negro aún más grande que el del garito anterior. Me dijo que la máquina de tabaco estaba en el primer piso. Pasé dos puertas rojas y aparecí en una sala rectangular con espejos por paredes, la barra en medio y sillones y sofás alrededor. Nadie se dió cuenta de mi entrada. Mujeres de todos los tamaños y colores imaginables sentadas cerca o encima de clientes deseosos de submergirse en un sueño de alcohol y perversión para olvidar por unas horas sus deprimentes vidas. Subí al primer piso pero la máquina tampoco funcionaba. Al volver a bajar me dí cuenta de la niebla de humo de tabaco que había estado respirando y decidí que ya había fumado suficiente.

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