Y Cada Vez Queda Menos Tiempo

Ha sido como cuando estás en una estación y un tren pasa de largo sin parar. Nadie se altera, el mundo no cambia, todo sigue igual; pero atrás queda el ruido, primero creciendo y después alejándose, del fregar con las vías a una velocidad de vértigo. Julio ahora es como un sueño del que te acabas de despertar y crees que no has aprovechado lo suficiente. Pero en realidad sí: he hecho cosas, me lo he pasado bien y no me queda un duro -que siempre es buena señal-. Trascendentalmente estoy igual que hace un mes. Siguen las mismas preocupaciones pasturando por mi cabeza a sabiendas que el verano se acaba y el pasto también. Amsterdam se comunica, pero lo hace como esos barcos perdidos en alta mar a los que sabes que algo malo les va a pasar. Estamos corriendo a contrarreloj pensando que la carrera está ganada cuando aún no hemos hecho nada para merecerla. Y cada vez queda menos tiempo. Y la semana que viene entramos en agosto y el túnel cada vez se hace más pequeño. Este verano es como la primera subida de una montaña rusa, con el inquietante ruido de cadenas que te remolcan y que cesa para que exploten un sinfín de emociones contradictorias. Preocupa y tranquiliza a la vez, saber que la montaña rusa acaba y que nunca más se va a volver a repetir en las mismas condiciones. La primera conclusión del verano es que sudo más que todos los demás juntos. Es como si mi cuerpo viviera en una sauna todo el día. Más vale sólo salir de noche. Nos vemos el lunes.


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