The Weeping Song

Friday, March 30, 2007

Novecento



Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de donde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve. Con la que Dios bailaría si fuera negro.














Ya he acabado exámenes, chavales. Estoy como recién salido del baño cuando llevabas dos semanas sin cagar. Esta noche, si tenéis la suerte de verme en alguna de las discotecas pachangueras de nuestra envidiable ciudad os váis a dar cuenta de que aunque creáis que me conocéis, realmente aún os falta mucho que cavar en las arenas movedizas de mi hígado. Con suerte aprovaré una de cinco, así que mejor olvidar los -hasta ahora- peores exámenes de mi vida universitaria y visitar Sodoma y Gomorra aguantando la respiración para no ahogarme entre los litros de whisky que se van a verter esta noche. Os dejo que tengo prisa, tengo que comprar dos paquetes de Marlboro, ir a una barbacoa y quemar algún antro de alto standing.

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